Los concejales se plantan ante Romero y Michel: rebelión en la reunión de concejales peronistas

LA CALDERA

Más allá de la foto final, pálida, apurada y sin densidad política, la reunión de concejales peronistas en Paraná dejó bastante más que una postal de ocasión. Dejó malestar. Dejó reproches. Dejó un límite. Y dejó, sobre todo, una evidencia incómoda para la conducción que hoy orbitan Rosario Romero y Guillermo Michel: el peronismo territorial está cansado de ser decorado de decisiones ajenas.

En una provincia donde el justicialismo supo tener un despliegue territorial avasallante, con centenares de concejales desparramados en cada ciudad y cada pueblo, la escena final terminó siendo casi una metáfora de la decadencia: una reunión convocada en nombre de la reconstrucción, pero atravesada de punta a punta por quejas contra la forma en que se conduce el partido. Se esperaba una señal política fuerte. Se esperaba a Rosario Romero. Se esperaba a Guillermo Michel. Se esperaba, al menos, que quienes aparecen como dueños de la lapicera tuvieran el coraje de escuchar en persona lo que los concejales vienen mascullando hace rato. No fueron.

Y no fueron porque el clima no era cómodo. Durante toda la mañana, según se repitió en distintos corrillos, el eje de las intervenciones giró una y otra vez sobre el mismo punto: expulsiones, falta de horizontalidad, ausencia de debate real y un peronismo cada vez más reducido a una mesa chica que decide sola, comunica tarde y escucha nunca. La queja no fue marginal ni aislada. Fue el murmullo central de una dirigencia que siente que el partido dejó de ser una herramienta colectiva para convertirse en un dispositivo cerrado, donde unos pocos resuelven y el resto se entera por redes sociales, por los medios o cuando ya no hay nada para discutir.

Eso fue lo que asomó detrás del lenguaje prolijo de la convocatoria. Porque una cosa es la consigna amable de “fortalecer el rol de los gobiernos locales” y otra muy distinta es lo que se escuchó adentro. Ahí no apareció una épica de relanzamiento. Apareció el fastidio de concejales del interior que ponen la cara en sus pueblos, sostienen como pueden la identidad peronista en territorios complejos y sin embargo no tienen ni voz ni voto cuando llega la hora de resolver lo importante. El mensaje de fondo fue claro: no quieren seguir siendo convidados de piedra de una estructura que se achica, sanciona y expulsa mientras habla de unidad.

El problema para Romero y Michel no es solo de formas. Es político. Porque el peronismo entrerriano no viene precisamente sobrado de volumen, de votos ni de mística como para darse el lujo de expulsar, disciplinar y cerrarse sobre una lógica de rosca chica. Sin embargo, eso es exactamente lo que muchos perciben: un partido que en vez de abrirse se encierra; que en vez de convocar selecciona; que en vez de procesar diferencias las castiga. El resultado está a la vista. Cada vez menos participación real. Cada vez más dirigentes enojados. Cada vez más territorio mirando con desconfianza a una conducción que parece preocupada por administrar nombres antes que por reconstruir política.

Y en ese marco hubo una escena que no pasó inadvertida y que terminó de pintar el tono del encuentro: la presencia de Santiago Halle. No es concejal. No tenía, al menos en términos institucionales, un rol natural en una reunión de ediles peronistas de toda la provincia. Por eso su aparición llamó la atención. Más aún cuando los organizadores visibles del encuentro fueron Minni y Tutau, identificados con el romerismo y con el operativo de instalación de Halle como proyecto político hacia la intendencia de Paraná, con Minni soñando incluso con completar esa fórmula. La pregunta fue inevitable y recorrió la jornada en voz baja, aunque cada vez menos baja: ¿qué hacía Halle ahí?

La respuesta política no ayuda a despejar dudas, sino a confirmarlas. Porque si la reunión ya venía cruzada por cuestionamientos a la falta de horizontalidad y al manejo a dedo, la presencia de un funcionario que no es concejal y que responde al riñón de Rosario Romero funcionó como una postal involuntaria del problema.

Lo que ocurrió en Paraná fue eso: una reunión pensada para mostrar orden que terminó mostrando malestar. Una jornada armada para exhibir músculo que terminó exhibiendo flacura. Una convocatoria para fortalecer concejales que, en los hechos, dejó a muchos concejales diciendo que no se sienten parte de nada. Por eso la foto final fue tan pálida. Porque detrás de las sonrisas de circunstancia ya no había épica de reconstrucción, sino la incomodidad de una dirigencia que empieza a cansarse de obedecer en silencio.

Romero y Michel no estuvieron físicamente, pero estuvieron en el centro de cada comentario. No como jefes indiscutidos, sino como responsables de un método de conducción que empieza a hacer ruido incluso entre los propios. Y cuando los concejales, que son la capilaridad real del peronismo en el territorio, empiezan a plantarse, el problema ya no es de cartel ni de relato. Es de poder.

La rebelión todavía no tiene estructura. Pero ya tiene clima. Y en política, cuando cambia el clima, tarde o temprano cambia todo.

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